Josè Saravia
 


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Jose Saravia Nació un 15 de agosto de 1858, siendo el quinto hijo del matrimonio brasilero compuesto por Don Francisco Saraiva y Doña Propicia Da Rosa. José fue en extremo laborioso desde su más tierna infancia, y a pesar de que sus estudios fueron limitados, en negocios de campo y transacciones rurales fue una persona muy entendida y habil. Su vida se redujo a vender ganado, cuero y lanas y a comprar campo. En esta sencilla tarea, se paso su vida entera. Le toco una de las fracciones más privilegiadas de la herencia de sus padres, pues su campo de Puntas de Pablo Páez en la barra de la Ternera, contaba con numerosas aguadas permanentes sumamente aptas para resistir cualquier tipo de sequia. Hombre sumamente austero y dedicado por entero al trabajo y los negocios y en eso se parecía mucho a su padre. Se puede considerar que fue uno de los más ricos de la familia. Siendo dueño de cuantiosa fortuna, siempre trabajó, como si con su sudor cotidiano tuviese que ganarse la vida.
Y si bien tuvo activa participación política en beneficio del Partido Colorado, su militancia no alcanzó como para llevarlo a participar activamente en ninguna de las guerras que tuvo el país en esas épocas y donde participaron varios de sus hermanos. Jamás, hasta 1910, sirvió en ninguna revolución, ni vistió el uniforme militar; sin embargo conservaba una ferviente devoción y sentimiento de compromiso hacia su Partido. Mostraba su sentir político de un modo acentuado en mil detalles de su vida privada. La estancia en que vivía, situada sobre la barra de la Ternera, dos leguas hacia el Sur de las Puntas de Pablo Páez, en dirección a Olimar Chico, estaba toda pintada de colorado vivo. Puertas, ventanas, frisos, portones, depósitos, etc. Los peones y agregados usaban boina de vasco y golilla colorada. José montaba siempre un brioso caballo de pelo colorado, animal de gran alzada y gordura, al que cuida con gran cariño. Personalmente, usaba una gran golilla colorada, que sólo se la quitaba a la hora de acostarse. El pañuelo de manos era igualmente colorado. Ni el duelo, por sus hermanos muertos, lo hizo despojarse de esta costumbre. Cuenta una anécdota, que José encargo a un comerciante de Puntas de Tupambaé, en cuya casa se surtía de algunas mercaderías, que aprovechando su viaje a la Capital para adquirir algunas cosas, le comprase una colcha colorada de los dos lados. El comerciante cumplió el encargo y le compró lo pedido, de acuerdo con la solicitud. De regreso a su casa, le mando la colcha con un dependiente. Cuál no sería la sorpresa de aquel, cuando al otro día un peón de José, le devolvió la colcha, Porque había descubierto que la costura de la orilla había sido hecha con seda blanca, la costura se perdía entre la pelusa de la colcha, pero mostraba la hilacha blanca, y sin pérdida de tiempo había rechazado el artículo, por no estar de acuerdo con su pedido.
Los terneros de sus rodeos que salían de pelo blanco, se los mandaba a su hermano Camilo y este a su vez le enviaban los suyos que salían de pelo colorado. Camilo pretendía ser más blanco que Oribe, no obstante no haber participado nunca en ninguna revolución. JoséIgual que su padre no era muy afecto a los árboles, y pasó mucho tiempo antes de plantar un monte o algún frutal.
A pesar de no tener hijos, al llegar a su estancia se veía un enjambre de chicos., Pues afirmaba que con sólo el trabajo no bastaba que había que compenetrarse de las inmensas ventajas de la educación y fundó la escuela José Saravia sostenida con su peculio privado. Hizo construir las instalaciones y las dotó de todo lo necesario para su funcionamiento y en ella se instruían los hijos de sus puesteros, peones y agregados.
El costo de funcionamiento era de 1500 pesos al año, trabajando las distintas clases 5 horas diarias. No obstante el acentuado partidarismo que se exigía para asistir a ella, aquella escuela perdida entre los espesos chircales de la Barra de la Ternera, en un rincón solitario de la República, era un verdadero santuario del saber y de bien entendida caridad, pues José vestía, calzaba y daba alojamiento, alimentos, libros, cuadernos,a los alumnos que eran pupilos, eran pupilos de tiempo completo, y en total sumaban en el colegio unos cincuenta.
Los sábados de tarde, los chicos se marchaban a caballo, por caminos diversos, a pasar el domingo con sus respectivos padres, luciendo siempre sus golillas rojas, mientras que rodo el Departamento, estaba sometido a la administración de Aparicio y el Partido Nacional que irradiaba blancura desde la costa del Cordobés.
Ni siquiera Basilicio era demasiado propenso a usar golilla colorada, y menos exigirle a sus peones que la usaran, incluso un hijo suyo, Carlos usaba golilla celeste. También a diferencia de Basilicio, su relación con Aparicio era más fría y distante.-
Durante la campaña de 1897, su estancia fue un consulado. Su hermano Aparicio era el comandante en jefe de la revolución y su otro hermano, Basilicio, era el comandante militar de la División Treinta y Tres, vanguardia del ejército gubernista. De manera que su casa y bienes, fueron respetados por los dos bandos beligerantes, siendo el asilo obligado y neutral de gente, que pretendía permanecer libres de sobresaltos. Fue respetado como sagrado quien se cobijo bajo el ala protectora de José Saravia.
Pero el hecho que fue más significativo para convertirlo en una figura nacionalmente conocida, Fue el homicidio por encargo de su esposa, que sin duda representó el homicidio mas difundido del siglo pasado, del que toda la sociedad de la época se cansó de comentar y que fue denominado popularmente como el Crimen de la Ternera. La Ternera se llamaba la principal estancia que poseía José y los hechos se produjeron en el mes de abril de 1929. Es de tener en cuenta que el Uruguay estaba todavía muy dividido a causa de la revolución de 1904 y el principal acusado y figura fundamental de la historia era un hermano nada menos que del General Aparicio Saravia, figura referencia, pese a su muerte, del Partido Nacional. Además este hecho cobró gran notoriedad porque en el proceso, el jurado que al final lo absolvió, fue acusado de estar comprado, y a raíz de esto por una ley posterior se derogaron los juicios orales en el país. Es decir que este fue el último juicio oral que se llevó a cabo en el Uruguay.
Todos los descendientes de Don Chico Saravia, eran dueños de enormes extensiones de tierras que estaban distribuídas por los departamentos de Rivera, Cerro Largo, Tacuarembó, y Treinta y Tres. Pero de todos ellos el único que actuaba como un verdadero señor feudal era José debido a que a su poderío económico sumaba una fuerte influencia política, dado que su establecimiento se había convertido en tiempos de conflictos en un recinto inexpugnable respetado por todo el espectro político, en una especie de territorio extranjero.
El matrimonio de José Saravia y Doña Jacinta Correa, no funcionaba bien desde un principio, pues es fácilmente comprensible que un carácter como el de este, era muy difícil de someter al entendimiento común de los hechos como es normal en cualquier matrimonio. Al poco tiempo del casamiento volvieron a presentarse problemas debido fundamentalmente a su vida amorosa , con amantes que cedían fácilmente ante su poder. Había tenido algunos hijos naturales y en el momento del crimen convivía sin ocultarse con una mujer cuyo nombre era Rosa Sarli. Doña Jacinta al tanto de toda la situación vivía gran parte del año en Montevideo, casi con seguridad con la determinación ya tomada de solicitar el divorcio, con la consiguiente separación de bienes, posible clave económica del asunto. El 28 de abril del 29, la encuentran muerta en un patio de la casa, mientras José y algunos peones se encontraban realizando tareas de campo. Las pruebas apuntan en contra de éste, considerándose que habían encargado el delito a gente de su confianza, mientras tanto el siempre negó esta acusación.-